¿Por qué no puede ser más fácil?

            ImagenComo humanos, es normal tener cierto rechazo y poco disfrute de los desiertos y se tiende a huir de ellos porque existe el temor de sufrir, perder, incomodarse o incluso aceptar algo a lo que no nos sentimos preparados. No obstante, solamente cuando se ha pasado por esas tierras secas, se llega a entender la importancia y el valor inigualable de esa etapa. Es por esta razón que puede ser contradictorio mencionar que aún los desiertos ofrecen cierto disfrute y crecimiento en la presencia de Dios por medio del dolor.

            Muchos huimos a los llamados desiertos por temor a sufrir. Sin embargo, Dios puede tener otros planes necesarios para cada uno. Las pérdidas inesperadas representan un sufrimiento profundo que hace del camino algo oscuro y sin esperanza, como si hubiera llegado el final del propósito que Dios podía tener con nosotros. No se entienden las razones por las que se comienza a experimentar tal dolor ni se comprende qué pudimos haber hecho para merecer dicho “castigo”. No imaginamos simplemente los pasos que podemos dar en medio de una tierra sin vida y seca.

            En medio de un dolor tan agudo y como último recurso, podemos tomar la decisión de aventurarnos a atravesar ese valle con ojos cerrados y dispuestos a conocer lo que tanto hemos escuchado de un Dios consolador y galardonador de los que le buscan. A ciegas y sin saber qué vamos a vivir, nos podemos disponer a dejar que Dios guíe cada uno de nuestros días y comience a llevarnos hacia la salida del desierto. Muchas veces pensamos que Dios puede comenzar abriendo puertas a nuevas oportunidades para alegrarnos un poco, sin embargo, su camino es más alto que los nuestros y su dirección nos puede llevar por la etapa del perdón, sanidad mental, sanidad emocional, bendición de aquellos que causaron heridas, aceptación de un nuevo propósito y oración, mucha oración. Paralelamente, mientras se nos desgarra el alma al exponernos al verdadero estado de nuestro corazón, el Espíritu Santo comienza a guiarnos en un recorrido vivo por su Palabra y de ahí es donde nace una fuerza que hoy no podemos explicar. Poco a poco, se va viendo un despertar en el espíritu y una sed insaciable de pasar horas a solas con Jesús. Cada versículo de consuelo, paz, sanidad y perdón toman vida mientras se ven verdades sobrenaturales en nuestro mundo natural.

            A pesar de que Dios puede darnos una sanidad completa, muchas veces Él no termina su trabajo inmediatamente. El desierto continúa. Al tiempo se cuenta con más estabilidad emocional y espiritual pero falta la prueba mayor: la confianza en Dios como soberano. El desierto es seco, sin vida, es vacío y doloroso. ¿Cómo confiar en que vamos a salir de ahí si más bien parece que nos adentramos cada vez más en él? ¿Cómo confiar en Aquel que nos había prometido una recompensa y una salida de tal situación si Él mismo ha establecido que aún no es el final? ¿Cómo confiar en Dios si Él utiliza estrategias inesperadas e inentendibles para hacernos depender de Él y esas estrategias duelen hasta lo más profundo del alma? De alguna u otra forma, creo que el pueblo de Israel pudo haberse sentido así cuando cruzó el desierto. No obstante, el ser humano no ve el cuadro completo ni lo que Dios Todopoderoso hace “detrás del telón”. De ahí comienza la dirección de Dios para acercarnos a lo que más miedo le tenemos: a confiar en Él.

            De inicio a fin, Dios guía y su fidelidad acompaña en cada una de las etapas siendo Él la única fuente de vida, refugio, poder, soberanía, paz y amor… todo lo suficiente y más se encuentra en su dirección a través de una etapa de un tiempo doloroso y árido. Ayer, hoy y siempre se mostrará que todos los caminos, algunos más largos que otros, llevarán a su propósito eterno de AMOR y RELACIÓN.  Al final, cuando Él muestre la salida de cualquier desierto que estemos pasando, muchos podrán decir: “Ese es el Dios a quien queremos seguir. Sólo Él pudo haber hecho tal milagro”.

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de Lizzy Rojas