A veces no hay explicación

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Llegan a un punto donde la gente no los entiende.

Se preguntan por qué viven de forma diferente.

A veces, en mi caso, me siento como Ana, incomprendida. Fue tan profunda su oración que la creyeron ebria… ebria, loca, terca, digna de lástima, olvidada. Pero ella continuó hasta ver a su Dios responder, y responder con bombos y platillos: dándole más de lo que pidió… todo por su fe, por su voto, por la entrega de su sueño más profundo. Ana quemó en el altar de Dios el sueño que aún no era realidad como una ofrenda de adoración. Adoró antes de ver, de oír, de tocar y de abrazar su petición. Adoró aún sin saber si la respuesta de Dios iba a ser un sí o un no. Simplemente adoró… aunque nadie lograra comprender su fe ciega ni lo que el Señor podía decirle a solas en oración (1 Samuel 1). Así me siento.

Pero lo que ellos no entienden es que cuando alguien hace un voto con el Señor, esa persona está rindiendo todo y exponiéndose a todo, a las locuras de Dios. Esa persona va a morir, como la semilla de trigo (Juan 12:23-26). Ellos no entienden que ese voto va más allá de la realidad natural. Es un trato eterno y la gente que dice sí a él va a morir. ¡¿Cómo, entonces, no vamos a sentirnos desesperados, cansados y abrumados muchas veces?! ¡Nos están transformando! ¡Estamos cambiando nuestra vida por la de alguien más: la de Jesús! Estamos muriendo… y eso duele. Es por eso que la gente no entiende, porque los caminos de Dios no son para entenderse. Son para creerse.

¿Quién quiere decir sí?

Debe darse cuenta que va a morir. Va a morir para traer mucho fruto. Ya no será él o ella, sino Cristo. De todas formas, es hora de que lo vean a Él. Es hora de que Cristo se vea antes que yo.

Por eso, otro día más, digo sí… Aunque no lo entiendan.

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de Lizzy Rojas